San Antonio Abad
Nació alrededor del año 250 en Kome, a orillas del río Nilo. Desde niño recibió una óptima formación cristiana. A los 20 años quedó huérfano de los dos padres.
Sin protección, buscó realizarse solo en este mundo. Un texto del Evangelio de San Mateo le dio la pauta: “Si quieres ser perfecto, vende lo que tienes y dáselo a los pobres” (Mt 19, 21). Repartió sus bienes a los pobres y se fue al desierto, lejos de las distracciones de este mundo, para vivir en pos de Cristo, mediante la oración y la penitencia. Su primer refugio fue una pequeña celda, luego una antigua tumba abandonada, y por último se retiró a las orillas del Mar Rojo, en pleno y solitario desierto. Allí trabajaba de día el campo y de noche oraba.
Durante los primeros 20 años, fue atormentado por el Demonio; pero siempre salió victorioso. Al terminar una de esas terribles batallas, se quejó con Jesús: “Señor, ¿dónde estabas cuando me asaltó la furia del Demonio? ‹Yo, respondió el Señor, estaba cerca de tí, dándote valor para resistir, aunque no me vieras. Porque has perseverado, te haré famoso en todo el mundo”. Después de ese período difícil, Antonio encontró fuerzas para ayudar a cientos, o quizás, miles de ermitaños, que habían seguido su ejemplo y que habían poblado el desierto. Lo llamarían “Abad”, que quiere decir “Padre”. Fue el padre del monacato oriental. Recorrió muchas veces el desierto enseñando a los ermitaños el camino de la santidad. Murió en el 356 en el Monte Kolzim.
Su fama se divulgó en todo el mundo. En los campos se encomendaban a su intercesión para proteger la salud de los animales. Por eso se le representó entre animales domésticos. En este día se acostumbra también bendecir a los animales.