San Juan de Brito

Nadie hubiera reconocido en él a un jesuita. Ni su indumentaria (una túnica de cuero amarilla y roja) ni sus costumbres, las propias de un santón hindú, ni su lengua, que era la de los indígenas de la costa de Malabar, al sur de la India, era lo habitual en un hijo de san Ignacio. Siempre con una piel de tigre para sentarse y dormir, viajaba incansablemente por aquellas regiones discutiendo con los brahamanes, evangelizando y bautizando ("este año bauticé a cuatro mil"), escribía en vísperas de su muerte).

Este extraño jesuita que se había hecho hindú entre los hindúes, como el padre Nobili y tantos otros hermanos suyos en religión, era de una noble familia portuguesa; nació en Lisboa hijo de Salvador de Brito Pereira, más tarde gobernador de Río de Janeiro y del Brasil, fue paje en la corte del rey de Portugal , como paje del infante Don Pedro.

Al enfermar gravísimamente, su madre promete a San Francisco Javier que su hijo llevará durante un año en la Corte la sotana de jesuita. Así fue. Pero, no sólo sana Juan de Britto, sino que decide entrar en la Compañía de Jesús, para ir a las Indias y ser como Javier.

Ya con la sotana de la Compañía estudió en Évora y Coimbra para enseñar luego humanidades en el colegio lisboeta de San Antonio.

Nombrado superior de Madura, tiene a su cargo cinco extensos territorios con 80.000 cristianos, 12 puestos de misión y sólo 9 misioneros.

Su evangelización fructifica. Y pasa a Marava en cuyas selvas trabaja incansablamente. Es llamado por sus superiores a Portugal, donde desembarca en septiembre de 1688. Le quieren retener en Portugal, pero vuelve a la India.

Su fruto es todavía mayor. A un príncipe de Marava, que pide el bautismo, le exige renunciar a cuatro de las cinco mujeres que tenía. Una de ellas no se detuvo hasta conseguir le fuera cortada la cabeza al misionero, el 4 de febrero de 1693, en Urgur y las fieras devoraron el cuerpo del mártir lanzado más allá de su debilidad a una gran empresa más alta y exigente que todas las precauciones que razonablemente necesitaba.

Cuando llega la noticia a Lisboa, la madre viste su mejor traje; y sólo acepta felicitaciones, como madre de un mártir.

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febrero 2026

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