Santas Perpetua y Felicidad

Las órdenes de Septimio Severo contra los cristianos -contra los convertidos y contra los prosélitos-se extendían a todo el Imperio. También a Turba, muy cerca de Cartago. Allí fueron detenidas dos jóvenes casadas, Perpetua y Felicidad, y otros tres jóvenes, Revocato, Saturnino y Secúndulo.

El diácono Saturio, su catequista, se unió a ellos para seguir su misma suerte.

El padre de Perpetua, que era pagano, intentaba convencer a su hija para que sacrificara a los ídolos. Si no, él y toda la familia quedarían deshonrados. "Hija mía, ten compasión de mis cabellos blancos, acuérdate de que has sido siempre mi preferida. Piensa en tu madre, en tus hermanos, en tu tía, en tu niño pequeño, tu tesoro, que no podrá vivir sin tus cuidados".

Estas palabras taladraban las entrañas de Perpetua. Pero, con temple inconcebible para el que no tenga una gran fe, le tranquilizaba a su padre diciéndole que no nos pertenecemos a nosotros mismos, sino a Dios. Tomando un vaso en la mano, le pregunta: "¿Puedes darle a este vaso otro nombre que el que tiene? Pues yo tampoco puedo llamarme más que cristiana".

Y como no cediese ni ella ni sus compañeros, fueron encerrados en un hediondo calabozo, sometidos a las humillaciones y caprichos de los carceleros, esperando el día en que habían de ser lanzados a las fieras.

Felicidad estaba en el octavo mes de su embarazo. Esto preocupaba a los demás, por si no podría mantenerse fiel. Le llegaron entonces los dolores del parto, y como diese grandes alaridos, un carcelero le dijo: "Si ahora no puedes soportar los sufrimientos ¿qué será cuando seas echada a las bestias?"- "Ahora, respondió la mártir, soy yo quien sufro, pero en el momento del suplicio otro sufrirá por mí, porque yo sufriré por Él".

Los Jueces, verdugos y espectadores quedaban asombrados ante la actitud serena, segura e incluso irónica a veces de los mártires. Mirad nuestros rostros, les decían, para que nos conozcáis en el día del juicio. Tú nos juzgas a nosotros, pero Dios te juzgará a ti, le decían al juez.

Con Perpetua y Felicidad habían sido encarcelados los catecúmenos Saturnino, Revocato y Secúndolo. Así logran ser bautizados los cinco por el diácono Saturio.

Secúndulo muere en la misma cárcel. A los demás, después de azotados. los llevan al circo del Castro, por celebrarse allí el 7 de marzo con juegos el cumpleaños del Emperador.

Revocato y Saturnino aguantan los zarpazos de un oso. Saturio, las dentelladas sangrientas de un leopardo.

El martirio de Perpetua y Felicidad fue más lento. Soltaron contra ellas una vaca furiosa. Zarandeó primero a Perpetua que cayó a tierra. Ella, noble y digna, recogió los pliegues de la túnica y se arregló los cabellos, para morir con decoro "más preocupada del pudor que del dolor". Vio a Felicidad en el suelo, y olvidándose de sí misma, se acercó, le dio la mano y la levantó.

El pueblo estaba conmovido. Perpetua, olvidada de sus heridas, decía a los cristianos que contemplaban la escena: "Permaneced firmes en la fe. Amaos los unos a los otros. No os escandalicéis de nuestros sufrimientos".

Pronto el pueblo, ebrio de sangre, se olvidó de la compasión hacia las mártires, y quería ver terminar el sangriento espectáculo. Las mártires se dieron el beso de paz y aguardaban el golpe final serenamente. Era primerizo el gladiador, y temblaba más que las mártires, de inexperiencia o de emoción. Falló el primer golpe. Perpetua se recogió el cabello con noble dignidad, y le dirigió la mano al verdugo para que no fallara otra vez. Pronto van a recibir la corona.

Según San Agustín, que tanto gustaba de los ingeniosos Juegos de palabras, iban a realizar su nombre: la perpetua felicidad, pues se llamaban aquello a lo que todos somos llamados.

Las actas de este martirio tienen el encanto de una autobiografía. Es uno de los documentos más luminosos y emocionantes de la antigüedad cristiana.

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marzo 2026

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