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| Aniversario de la muerte del P. Juan Bonal |
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| FECHA |
19/08/2013 |
| PAÍS |
España |
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La vida del Padre Bonal deja pasar la luz, en ella se transparenta la caridad. Cual otro Abraham, salió de su tierra en pos de una vocación para instalarse definitivamente en Zaragoza al servicio de un Hospital, mas en buena parte de su vida salió también del Hospital que le prestaba abrigo para arrostrar las inclemencias del tiempo, la fatiga de un perpetuo caminar, aun cuando lo hiciera a veces a lomos de un caballo, hacia lo desconocido, a centenares de villas y villorrios de la ancha geografía española. Murió soñando con dirigirse a Toledo y Andalucía. Fue una voluntad al servicio de una conciencia, de una conciencia poseída por el amor al prójimo, a quien veía, llevado por el amor a Dios, a quien no veía.
No fue un intelectual, ni autor de discursos sobre la caridad, siervo de ideologías o aspirante a cambio de estructura. El hambre y necesidades primarias visibles no pueden esperar. No era un filántropo teórico ni un amante de la humanidad, sino de hombres, mujeres y niños concretos. Mientras los responsables del Hospital acudían al Rey, a las Cortes, al Jefe político o a Generales con largas exposiciones, él se lanzó a las calles e iglesias de Zaragoza o las tierras de Aragón, Cataluña, Valencia, Navarra, Vascongadas, ambas Castillas a pedir trigo, sábanas, dinero, hilas, gallinas... para remediar el hambre y las necesidades más perentorias. No se lamenta, actúa. Limosnero es el que recibe limosnas y el que las da. Ambas cosas fue Bonal. Pedía y recibía para dar. La experiencia le decía que las buenas gentes fiaban más de un veredero sacerdote que de un laico. Invitado a ello o no, él ofrendaba su vida a este ministerio. A él, mejor que a nadie, le cuadra la frase de Unamuno (Obras completas VI, 252): “La vida es limosna”. Se anotan escrupulosamente como ingresos en el Hospital las limosnas que él recogiera de toda especie, hasta las prometidas y aún no cobradas. Pero levemente se incluye en los apuntes la limosna de su propia vida.
Lo que no se ve ni registra es más importante que lo que se ve. Fue un hombre de acción, no de discursos. Mas, ¿cuál es el secreto de su acción? A través de su trabajo, paciente, constante, monótono, se deja presentir su secreto íntimo y oculto, sus horas de soledad, de capacidad de sacrificio, de oración, de caminante de unión y servicio de Dios. Caminando por tanto paraje inhóspito y deshabitado tuvo largas horas en que meditar y orar, sin raptos ni suspiros, soportando las inclemencias del tiempo por altas serranías, el cierzo y la nieve, y a veces las desatenciones y desprecios de los humanos. ¿Cómo afrontar tal vida sin dejarse guiar por la fe, la esperanza y la caridad, las tres virtudes reinas, y por la fortaleza, la paciencia, la templanza? Su obra es la mejor pantalla de su secreto interior.
Ignacio Tellechea, Mosén Bonal, Fundador y pordiosero, pg. 281
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