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Domingo de Resurrección – B (Juan 20,1-9)
FECHA     01/04/2018
PAÍS     
Semana Santa – Ciclo B
Encontrarnos con Cristo en nuestro mundo actual
El encuentro sorprendente y transformador de unos hombres y mujeres con Jesús, el Cristo, ha sido el punto de partida que ha desencadenado la evangelización. Este encuentro es una experiencia que transforma enteramente su existencia. Algo así como una «iluminación» que rompe la imagen que tenían del mundo, del Dios de la ley y de sí mismos. Se derrumba su «mundo viejo» y nace algo completamente nuevo: la vivencia de la gratuidad total de Dios.
La primera tarea de una nueva etapa evangelizadora es precisamente recuperar hoy para los hombres y mujeres de nuestro tiempo la experiencia primigenia de la salvación cristiana. Aquellos primeros discípulos vivieron el encuentro con Cristo desde sus propios problemas y contradicciones.
Nosotros hemos de reactualizar esa experiencia en nuestro mundo actual, en medio de la conflictividad y la desesperanza en que se mueve hoy la humanidad. El contexto sociocultural es diferente, pero los problemas radicales del ser humano son los mismos. En el fondo, todo ser humano necesita escuchar la Buena Noticia de un Dios en el que poder poner su confianza total.

MISTERIO
DE ESPERANZA
Creer en el Resucitado es resistirnos a aceptar que nuestra vida es solo un pequeño paréntesis entre dos inmensos vacíos. Apoyándonos en Jesús resucitado por Dios intuimos, deseamos y creemos que Dios está conduciendo hacia su verdadera plenitud el anhelo de vida, de justicia y de paz que se encierra en el corazón de la humanidad y en la creación entera.
Creer en el Resucitado es rebelarnos con todas nuestras fuerzas a que esa inmensa mayoría de hombres, mujeres y niños que solo han conocido en esta vida miseria, humillación y sufrimiento queden olvidados para siempre.
Creer en el Resucitado es confiar en una vida donde ya no habrá pobreza ni dolor, nadie estará triste, nadie tendrá que llorar. Por fin podremos ver a los que vienen en pateras llegar a su verdadera patria.
Creer en el Resucitado es acercarnos con esperanza a tantas personas sin salud, enfermos crónicos, discapacitados físicos y psíquicos, personas hundidas en la depresión, cansadas de vivir y de luchar. Un día conocerán lo que es vivir con paz y salud total. Escucharán las palabras del Padre: «Entra para siempre en el gozo de tu Señor».
Creer en el Resucitado es no resignarnos a que Dios sea para siempre un «Dios oculto» del que no podamos conocer su mirada, su ternura y sus abrazos. Lo encontraremos encarnado para siempre gloriosamente en Jesús.
Creer en el Resucitado es confiar en que nuestros esfuerzos por un mundo más humano y dichoso no se perderán en el vacío. Un día feliz, los últimos serán los primeros y las prostitutas nos precederán en el reino.
Creer en el Resucitado es saber que todo lo que aquí ha quedado a medias, lo que no ha podido ser, lo que hemos estropeado con nuestra torpeza o nuestro pecado, todo alcanzará en Dios su plenitud. Nada se perderá de lo que hemos vivido con amor o a lo que hemos renunciado por amor.
Creer en el Resucitado es esperar que las horas alegres y las experiencias amargas, las «huellas» que hemos dejado en las personas y en las cosas, lo que hemos construido o hemos disfrutado generosamente, quedará transfigurado. Ya no conoceremos la amistad que termina, la fiesta que se acaba ni la despedida que entristece. Dios será todo en todos.
Creer en el Resucitado es creer que un día escucharemos estas increíbles palabras que el libro del Apocalipsis pone en boca de Dios: «Yo soy el origen y el final de todo. Al que tenga sed yo le daré gratis del manantial del agua de la vida. Ya no habrá muerte ni habrá llanto, no habrá gritos ni fatigas, porque todo eso habrá pasado».
José Antonio Pagola
San Nuño de Alvares
FECHA     01/04/2018
PAÍS     
Nació en Sernache de Bomjardim (Portugal) el 24 de junio de 1360. Su padre fue un ilustre militar y gran caballero, Don Alvaro Gonçalves Pereira, Gran Prior del priorato de Crato de la Orden de los Caballeros de San Juan de Jerusalén.
La niñez de Nuño fue normal y la pasó entre los soldados que estaban a las órdenes de su padre y también, como correspondía en aquel entonces, entregado a la lectura de las gestas caballerescas.
A los trece años fue admitido en la corte del rey Fernando para que se adiestrase en la milicia y en ella dio muestras de gran valentía y exquisita destreza y por ello fue armado caballero, a pesar de su juventud, como escudero de la reina. Siendo muy joven - dieciséis años - su padre lo entregó en matrimonio a la noble Doña Leonor de Alvím, de la que tuvo tres hijos. Dos de ellos murieron pronto y Beatriz, la tercera, casó con D. Alfonso, el 1401, hijo del rey Juan I, que después fue cabeza de no pocas dinastías principescas europeas.
Portugal y Castilla en aquella época de nuestro Beato estaban en continuos litigios bélicos y durante ellos Nuño demostró su gran valentía y destreza militar. El luchó con todas sus fuerzas por la independencia de su patria y por ello defendió la candidatura al trono de quien podía conseguirla. Famosas fueron las batallas de Aljubarrota y Valverde en las que salió victorioso.
A pesar de sus contiendas militares, no le estorbaban para su profunda vida cristiana que para él siempre fue lo primero. Era devotísimo del Santísimo Sacramento y de la Virgen María. Oía todos los días dos misas y los sábados y domingos, tres. Ayunaba en obsequio de la Virgen María todos los miércoles, viernes y sábados, así como todas las vigilias de Nuestra Señora. Comulgaba según la costumbre de la época en las fiestas más solemnes y se confesaba con mucha frecuencia. En su estandarte bélico llevaba las imágenes de Cristo crucificado, de la Virgen María y de los Patronos de las guerras: Santiago y San Jorge.
Antes de cada batalla exhortaba a sus soldados a confiar mucho en la ayuda del cielo y atribuía a la protección de la Virgen María cuantas victorias conseguía. En la famosa batalla de Valverde encontraron a Nuño de rodillas orando entre las rocas para alcanzar la victoria, como así fue.
Como gratitud a esta ayuda poderosa de la Virgen María, visitaba en peregrinación los más famosos Santuarios, igual que las más humildes ermitas dedicadas a la Virgen María y en su honor le levantó varios templos. Famoso fue el magnífico templo del Carmen en Lisboa que fue destruido por un incendio el 1755.
Después de la muerte de su esposa, acaecida el 1387, ya no quiso contraer nuevas nupcias y siempre fue exigente con la moralidad de sus soldados y más aún con la suya propia. Era un modelo para cuantos le contemplaban en todas las virtudes.
El 1423, mandó construir un grandioso templo que confió a los carmelitas.
Ante la admiración y estupor de todo Portugal el 15 de agosto de 1423 abandonaba todas sus posesiones y honores y vestía el hábito carmelita como hermano donado en el convento de Lisboa con el nombre de fray Nuno de Santa María. Ingresó en la Orden del Carmen, atraído especialmente por el culto que los carmelitas daban a la Virgen María y por lo bien que realizaban la liturgia. Fue para todos los religiosos un perfecto modelo de observancia y de todas las virtudes.
Pasaba largas horas ante el Santísimo Sacramento, rezaba todos los días el oficio divino y asistía a cuantas misas podía.
En el convento fue la admiración de todos por su gran humildad, servicio, caridad y piedad. Para más alejarse del mundo quiso irse a un convento lejos de donde le conocieran, pero no se lo permitieron.
Su última enfermedad fue breve y se vio rodeado del rey y de todos los magnates del reino, a quienes dirigió muy sentidas y edificantes palabras.
Murió tan santamente como había vivido el 1 DE ABRIL de 1431. En cuanto murió ya corrió la fama de santo en boca de todos los portugueses y aun fuera de Portugal. Fueron muchas las solicitudes de parte de los reyes y pueblo de Portugal hechas a la Santa Sede para que fuera declarado santo este gran Condestable . Por fin el Papa Benedicto XV, el 23 de enero de 1918, apoyaba el culto ya inmemorial que se le venía tributando en algunas partes de la Orden y en Portugal. Las gestas del Bto. Nuño han sido cantadas por el ilustre poeta portugués Camoens en Os Lusiadas (canto IV y Vlll).
  ABRIL
  Día 1 Domingo de Resurrección – B (Juan 20,1-9)  
  Día 1 San Nuño de Alvares  
  Día 2 San Francisco de Paula  
  Día 3 San Sixto I, Papa  
  Día 4 San Benito de Palermo  
  Día 5 San Vicente Ferrer  
  Día 6 San Celestino I  
  Día 7 San Juan Bautista de la Salle  
  Día 8 Domingo 2 Pascua – B (Juan 20,19-31)  
  Día 8 San Dionisio de Corinto  
  Día 9 La Encarnación del Señor  
  Día 9 Santa Casilda de Toledo  
  Día 10 San Ezequiel  
  Día 11 Santa Gema de Galgani  
  Día 12 San Julio I, Papa  
  Día 13 San Hermenegildo  
  Día 14 Santa Liduvina  
  Día 15 San Telmo  
  Día 15 Domingo 3 Pascua – B (Lucas 24,35-48)  
  Día 16 Santa Engracia  
  Día 17 Beato Bautista Mantuano  
  Día 18 Beata María de la Encarnación  
  Día 19 San Timón  
  Día 20 Santa Inés de Montepulciano  
  Día 21 San Anselmo  
  Día 22 San Leónidas  
  Día 22 Domingo 4 Pascua – B (Juan 10,11-18)  
  Día 22 Día de la Tierra  
  Día 23 San Jorge  
  Día 24 San Benito Menni  
  Día 25 San Marcos  
  Día 26 San Isidoro de Sevilla  
  Día 27 Nuestra Señora de Montserrat  
  Día 28 San Luis María Griñón de Montfort  
  Día 29 Santa Catalina de Siena  
  Día 29 Domingo 5 Pascua – B (Juan 15,1-8)  
  Día 30 San Pío V, papa  
 Este mes además...
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