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| miércoles, 08 de septiembre de 2010 |
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| ASUNCIÓN DE MARÍA - C |
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SEGUIDORA FIEL DE JESÚS
Los evangelistas presentan a la Virgen con rasgos que pueden reavivar nuestra devoción a María, la Madre de Jesús. Su visión nos ayuda a amarla, meditarla, imitarla, rezarla y confiar en ella con espíritu nuevo y más evangélico.
María es la gran creyente. La primera seguidora de Jesús. La mujer que sabe meditar en su corazón los hechos y las palabras de su Hijo. La profetisa que canta al Dios, salvador de los pobres, anunciado por él. La madre fiel que permanece junto a su Hijo perseguido, condenado y ejecutado en la cruz. Testigo de Cristo resucitado, que acoge junto a los discípulos al Espíritu que acompañará siempre a la Iglesia de Jesús.
Lucas, por su parte, nos invita a hacer nuestro el canto de María, para dejarnos guiar por su espíritu hacia Jesús, pues en el "Magníficat" brilla en todo su esplendor la fe de María y su identificación maternal con su Hijo Jesús.
María comienza proclamando la grandeza de Dios: «mi espíritu se alegra en Dios, mi salvador, porque ha mirado la humillación de su esclava». María es feliz porque Dios ha puesto su mirada en su pequeñez. Así es Dios con los sencillos. María lo canta con el mismo gozo con que bendice Jesús al Padre, porque se oculta a «sabios y entendidos» y se revela a «los sencillos». La fe de María en el Dios de los pequeños nos hace sintonizar con Jesús.
María proclama al Dios «Poderoso» porque «su misericordia llega a sus fieles de generación en generación». Dios pone su poder al servicio de la compasión. Su misericordia acompaña a todas las generaciones. Lo mismo predica Jesús: Dios es misericordioso con todos. Por eso dice a sus discípulos de todos los tiempos: «sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso». Desde su corazón de madre, María capta como nadie la ternura de Dios Padre y Madre, y nos introduce en el núcleo del mensaje de Jesús: Dios es amor compasivo.
María proclama también al Dios de los pobres porque «derriba del trono a los poderosos» y los deja sin poder para seguir oprimiendo; por el contrario, «enaltece a los humildes» para que recobren su dignidad. A los ricos les reclama lo robado a los pobres y «los despide vacíos»; por el contrario, a los hambrientos «los colma de bienes» para que disfruten de una vida más humana. Lo mismo gritaba Jesús: «los últimos serán los primeros». María nos lleva a acoger la Buena Noticia de Jesús: Dios es de los pobres.
María nos enseña como nadie a seguir a Jesús, anunciando al Dios de la compasión, trabajando por un mundo más fraterno y confiando en el Padre de los pequeños.
José Antonio Pagola
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| Asunción de María al Cielo |
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Para profundizar en el significado y contenido de este dogma nada mejor que leer y releer la encíclica Munificentissimus Deus por la cual el Papa Pío XII el día 1 de noviembre de 1950 declaraba este dogma de la Asunción de María en cuerpo y alma a los cielos.
Festejamos con alegría la gloriosa Asunción de María el mismo día en que se dedicó en Jerusalén una de las primeras iglesias erigidas en honor de la Madre de Dios (siglo V), el día 15 de agosto. Bajo el título de la Asunción celebramos la maravilla que obró Dios al hacer que la Inmaculada Madre de Dios «al final de su vida terrestre, fuera elevada en cuerpo y alma a la gloria del cielo», como definió el papa Pío XII (1950).
La Asunción de María es una derivación de su Maternidad divina: Dios «quiso que no conociera la corrupción del sepulcro la mujer que concibió en su seno al autor de la vida». De igual manera que la maternidad divina supuso una gracia para el mundo entero, así también su Asunción personal inicia la asunción de la humanidad a Dios. La mujer, cuya «figura Portentosa aparecida en el cielo» vio San Juan, es a la vez María y la Iglesia: «figura y primicia de la Iglesia que un día será glorificada». María «es consuelo y esperanza del pueblo, todavía peregrino en la tierra». Al contemplar a María, que «triunfa con Cristo para siempre», pedimos a Dios por su intercesión la gracia de «participar con ella de su misma gloria en el cielo». Sabemos que, al igual que María, llevamos en nuestros cuerpos, que son templos del Espíritu Santo, el germen de la eternidad.
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